Safo de Lesbos

Caridad San José, Dpto. de Griego
Publicado por Lengua clásica - Griego | 18 de mayo de 2009
Sección Literatura
“Lo más hermoso del mundo es lo que uno ama”

Si Homero era para los griegos el poeta por excelencia, la poetisa no sólo para los griegos, sino para todo el mundo antiguo fue Safo. Platón escribió de ella: Dicen que hay nueve Musas. ¡Los desmemoriados! Han olvidado la décima: Safo de Lesbos. Y Eliano cuenta que Solón de Atenas, en un banquete; escuchó recitar a su sobrino un canto de Safo y le gustó tanto que pidió al joven que se lo enseñara; y al preguntarle éste por qué se ocupaba de eso, él contestó: Para morir llevándolo aprendido.

Vivió en el siglo VI a. C. Unos dicen que nació en Mitilene; otros, en Éreso. Ambas, ciudades de la isla de Lesbos, en la Jonia del Asia Menor. Pertenecía a una familia noble, circunstancia que le valió el exilio en Sicilia. Del destierro regresó quince años después. Fue contemporánea del poeta Alceo, aquel que la saludaba como “la de trenzas de violeta y sonrisa de miel”. Parece que estuvo casada y que tuvo una hija, Cleis. Enviudó pronto. Fue la primera mujer que se ocupó de la educación de las de su sexo: arte, belleza, poesía... La lista de amantes de Safo es muy larga, sobre todo, de discípulas de su “academia”, de la “casa de los servidores de las Musas”, como llamó a aquella escuela de costumbres, de poesía, de música, de danza, que fundó. A ellas dirige sus poemas: Atis, Góngula, Anactoria... Amantes bellísimas por las que siempre suspiraba, sin que esté del todo claro la naturaleza de sus sentimientos.

La Lesbos de su tiempo era conocida por la importancia que allí tuvo el culto a Afrodita. Se celebraban concursos de belleza y se coronaba a la joven más hermosa. Las mujeres gozaban de gran libertad. Para Safo sólo el amor y la belleza cuentan. El campo de sus experiencias es el corazón del hombre (y de la mujer). Canta a los sentidos, al tacto al gusto y los sabores, escenas pregnantes de amor por las cosas. Siente admiración por lo heroico, y lo refinado de la vida, pero desde lo cercano, lo íntimo. Safo, la de incondicionales adictos y feroces detractores, a nadie dejó indiferente. Su espíritu exquisito, capaz de captar las gradaciones del más sutil erotismo, penetraba hasta el fondo los estadios del amor, desde el paroxismo a la aflicción, desde el entusiasmo al desvalido amargor de la ausencia. Por eso sus palabras estaban sazonadas con fuego, como decía Plutarco. Su verbo tierno y enardecido seducía a cuantos la escuchaban.

Una leyenda, probablemente falsa, cuenta que sintió un ardiente amor por Faón, un hermosísimo joven que la rechazó. Despechada, se arrojó de la roca de Léucade, la peña donde los enamorados daban fin a su desesperación.

¿Qué vida, qué placer hay al margen de la áurea Afrodita?

Morirme quisiera cuando ya no me importen

el furtivo amor y los dulces presentes del lecho,

las seductoras flores que da la juventud.[...]

Los poetas Alceo y Safo (Vaso ático de figuras rojas, ca. 480 a.C., Antinkenmuseum. Munich) - 85.8 KB

Los poetas Alceo y Safo (Vaso ático de figuras rojas, ca. 480 a.C. Antikenmuseum. Munich)



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